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martes, 30 de diciembre de 2008

...Y COMIERON PERDICES

Como continuación al Cuento de Crueldad iniciado por Javi_P, os dejo mi propuesta de final:Os recomiendo leer, previamente el inicio del cuento, pulsando el link, o pulsando sobre la caja de regalo.

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A la mañana siguiente, días 26, a las siete en punto, se despertó de buen humor. Pocas cosas le hacían sonreír tanto como el recuerdo de las caras llenas de frustración por alguna maquinación enrevesada. Ayer había sido un día sin parangón. Tras estirarse sobre la cama y casi sin abrir los ojos extendió el brazo y cogió los calcetines del segundo cajón de la mesita de noche. Al ponérselos descubrió que uno de ellos estaba adornado con un rotundo agujero, dando escapatoria al dedo pulgar del pie derecho. Él no tenía por qué ocuparse de ciertas cosas. Miró por encima del hombro a su mujer, todavía dormida y, con una mueca de sonrisa torcida, pensó que la venganza es un plato que se sirve frío.

Café caliente y noticias en la televisión fueron el preámbulo a su habitual paseo de quince minutos hasta la oficina. Durante el paseo había pensado en planear algo dedicado a su esposa, a la altura de su descuido por el agujero en su calcetín, pero pincharle un globo a un niño y darle una patada a una caja metálica con monedas de un indigente, le mantuvieron entretenido.

Ya en la oficina, a las ocho menos cuarto, cuatro llamadas al azar. Nadie tenía porque seguir durmiendo mientras él ya estaba levantado. Risas tras colgar el teléfono. Revisión del parte de ausencias: Pérez, Carrascosa y Benítez…ya daría cuenta de ellos. Órdenes por doquier, casi siempre recibidas con mirada temerosa, por si detrás pudiera haber alguna sorpresa desagradable; dos cafés más, antes de su reunión de fin de año con la junta directiva que finalizaba alas once y media. Demasiado pronto para dejar de trabajar, o al menos para marcharse de la oficina, pero: Qué narices, – pensó- para algo soy el jefe del departamento.

Así que, tras enfundarse nuevamente su gabardina, tres cuartos beige, dirigió sus pasos de vuelta a casa, retomando con auténtica voracidad sus pensamientos de venganza por el asunto del calcetín. Iba a darle un escarmiento que no dejaría lugar a dudas de cómo debía de ser el estado de sus calcetines. Entró en casa con sigilo, sin proclamar su presencia, como hacía habitualmente. No había ruidos. Posiblemente en la compra. Dejó a un lado la bonita caja de regalo del día anterior, casi apartándola debido a su gran tamaño…Qué caja tan espectacular – pensó satisfecho de aquella fechoría, mientras se encaminaba hacia su dormitorio, a cambiarse de ropa y a seguir maquinando la dulce y fría venganza con la que escarmentaría a su esposa. Conforme se acercaba al dormitorio unos extraños ruidos le pusieron en guardia. El silencio de la casa al entrar le había hecho suponer que la casa estaba vacía. Decidió acercarse lentamente, lo que hacía el sonido aún más claro y perceptible…jadeos…risas…se sintió mareado, no podía ser, el era malo, pero todos le respetaban. Le respetaban mucho; y más su esposa…la caja…esa caja de la entrada, grande y bonita…la fiesta del “amigo invisible” en la oficina…NO!!!!...abrió la puerta para encontrarse a Carrascosa –el becario- tumbado sobre su cama, con su esposa sobre él, en una posición en la que nunca la hubiera imaginado con otro hombre, excepto él…Nunca pensó que él podía ser traicionado, que él podía ser la víctima…

Pasó el año triste, alicaído. Se corrompía por dentro cada vez que veía la mesa de Carrascosa – ascendido a técnico junior- con la foto de la que había sido su esposa. Su carácter había cambiado tanto, como para ya no tener fuerzas ni de proclamar su malicia a los cuatro vientos…era un ser débil y accedía fácilmente a cualquier petición. Siempre taciturno, no escatimaba en medias sonrisas, con tal de no tener que enfrentarse a la vergüenza de una mirada de más de cinco segundos. Ahora cogía el autobús y cedía su asiento, con tal de no obtener el reproche del resto de viajeros…se desvanecía…ya no se le podía decir “malo” y se dio cuenta. Se dio cuenta de que el respeto que le tenían no era tal, sino miedo y se dio cuenta de que no le gustaba, de que no se gustaba, tal y como era antes…y llegó Navidad y con ella la tradicional fiesta, en la oficina, del “amigo invisible”.

Caras desencajadas al verle llegar con la caja. Pocos se atrevían más allá de lanzar una mirada de reojo, sin girar la cabeza de la pantalla del ordenador. Una caja muy grande, muy bonita; justo como la del año pasado. Se plantó en la puerta de su despacho, justo en el centro de la oficina del departamento y pidió atención:

- Lamento no poder quedarme a la fiesta de Navidad. Tengo cosas importantes que hacer, pero no quiero irme sin desearos a todos feliz Navidad y cómo no, sin entregar mi regalo.

Se encaminó con paso firme, cabeza alta y sonrisa en boca hacia el becario. Un tal González, postrado casi en el archivo, como Carrascosa el año pasado. Todo el mundo indignado de lo que estaba a punto de suceder…creía que había cambiado – era el pensamiento general…dejó la caja sobre la mesa de González y con una sonrisa le deseo feliz Navidad:

- Que lo disfrutes hijo.
- Gracias, Señor.


Sin mayor dilación y sin esperar siquiera a que González abriera su regalo, se encaminó hacia la puerta de salida.

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...¿tal vez alguién querría continuar la historia?

1 comentario:

Javi_P dijo...

Me ha encantado el giro. Me parece genial como la vida, al final, se enfrenta a nuestro personaje para abatirlo sin piedad.

Genial, de verdad. Lo que pasa es que ahora me quedo con las ganas de saber como sigue la historia.

Alguien tendrá que seguirla!.

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